Categoría: Biblioteca
17 Junio 2006
El viejo Harrelson tenía noventa años cuando se casó por séptima vez. Su mujer, setenta años más joven que él, vestía un bonito camisón con ribetes bordados en las mangas. La razón de su atuendo no era otra que la imposibilidad de Harrelson para desplazarse 5 metros más allá de su cama, y siempre en posición horizontal.
Laura Mardish, su esposa enamorada, de aspecto frágil y mirada dulce, lo conquistó una calurosa tarde, siete días atrás. El viejo Harrelson había cogido el teléfono para llamar al Servicio de Información Meteorológica y pedir una pizza; al oir la dulce voz aterciopelada de la señorita Mardish, Harrelson se enamoró al instante y le pidió matrimonio.
Las razones que explican la unión de esta pareja son variadas y sujetas a diversas interpretaciones. Johnny Bell, un joven cuarentón, sobrino de Harrelson, y único heredero del viejo, supone que éste fue víctima de un engaño, debido quizás a la sordera crónica que sufría y que le imposibilitaba mantener una conversación telefónica, al menos con el Servicio de Información Meteorológica. Dorothee Wildberg, madre de la señorita Mardish, ve en la unión de su hija, una fuerza poderosa traducida en amor, atracción, deseo, o la urgencia de Laura para pagar los 9 meses de alquiler atrasados.
La ceremonía se celebró en la más estricta intimidad, dentro de la habitación del viejo Harrelson, con los dos enamorados tumbados en su cama. El reverendo Trotski ofició la ceremonia bajo la luz de una vela, por expreso deseo de la tímida señorita Mardish, ya que ésta no quería ver con claridad el rostro de su futuro marido. En los instantes finales, cuando la unión de los dos enamorados era casi un hecho, se produjo un suceso lamentable: la señorita Mardish, preocupada por los ostensibles bostezos que su futuro marido repetía continuamente, y pensando que, posiblemente, el sueño del viejo Harrelson se llevará a éste e impidiera continuar con la ceremonía, utilizó todos sus encantos, que a decir verdad, y pese a su juventud, no eran muchos, y posó su mano en la pantorrilla del viejo. Oculta trás la sabana, realizó suaves caricias sobre el cuerpo de su prometido. Sin embargo, de forma inesperada, el viejo emitió un sonido ahogado y dibujó una gran sonrisa en su cara, solo comparable a la de aquella vez en la que Olivia Stawner, su tercera mujer, le masajeó los dedos de los pies mientras entonaba el "Over the Rainbow".
El viejo Harrelson murió de la forma más dulce, arropado por su amada, y gracias a un infarto agudo que se lo llevó a la edad de noventa años. La noticia corrió como la polvora, el viejo Harrelson era un hombre rico conocido entre los círculos más altos por no hablarse con nadie. Johhny Bell, único heredero del viejo, adquirió una gran fortuna y de la forma más inesperada también encontró el amor. En el entierro del viejo, celebrado en la más estricta intimidad, y oficiado por el reverendo Trotski, el señor Bell fue consolado por una joven dama, de aspecto frágil y mirada dulce, veinte años más joven que él. Siete días después, ambos se casaban en una ceremonia sencilla, cuya rapidez solo se explica mediante fuerzas poderosas traducidas en amor, atracción, deseo o...
servido por milton
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8 Mayo 2006
El negocio en la librería iba prosperando, cada vez venía más gente haciendo pedidos de libros cuyos títulos o autores jamás había oído. Recordaré a Juan Ortega por ser el hombre que nunca se negaba a cualquiera de estas solicitudes. Podía pasarse días y días preguntando a sus colegas, o llamando a otras ciudades hasta que por fin daba con el título buscado.
Cada día que pasaba Juan iba mostrando más confianza en mí, se mostraba contento con mi trabajo, y solía dejarme a cargo de la librería en sus muchas salidas en búsqueda de nuevos títulos para sus clientes.
Los sábados por la tarde Juan Ortega se vestía con su mejor traje, pasaba por la librería para desearme suerte, y darme unos consejos, que se repetían semana tras semana, y se iba al bingo con su amigo Roberto Palomares. Me gustaba ese día porque Héctor solía venir a visitarme para hacerme compañía durante las horas que transcurrían hasta el cierre de la librería. Hablábamos de lo que habíamos hecho durante la semana, discutíamos sobre fútbol, o incluso, a veces, Héctor traía la guitarra y tocaba algunas canciones para mí.
Si había mucho trabajo, mientras yo atendía a los clientes, el se encerraba en el almacén y devoraba libros que yo mismo le había recomendado. Más tarde iba a buscarle, cuando ya había llegado la hora del cierre y la noche se había echado encima. Siempre encontraba la misma cara de sorpresa y desconcierto, le había sacado de su historia, y se pasaba el resto de la noche diciéndome que justo cuando le había interrumpido se sentía dentro del personaje principal que libraba una batalla, o había conocido a una preciosa dama.
Con esas historias nos dirigíamos al bar del Seco, un pequeño establecimiento, cercano a la Puerta del Sol, que regentaba un tipo de extrema delgadez y aspecto amistoso. Casi a la hora del cierre, el Seco nos esperaba en una mesa al fondo del local. Comíamos tortilla de patatas y brindábamos con vino de garrafa. La conversación se animaba a cada vaso que tomábamos, y siempre terminabamos hablando de mujeres. El Seco era, según el mismo decía, el tipo que mejor entendía a las mujeres, y por tanto no podía comprender como a sus años aún no tuviera esposa. Héctor y yo reíamos con las historias que nos contaba y recuerdo que en aquellos momentos, casi un año después de haber llegado a Madrid, sentía una agradable sensación que debía ser felicidad.
servido por milton
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8 Mayo 2006
La señora Martín era la dueña de la casa en la que viví en aquellos primeros años en Madrid. Era una señora viuda, de unos sesenta años, que había vivido en aquel lugar toda su vida. Su marido fue comercial de una distribuidora de películas, y se dedicó a ir cada semana a los cines de esos pequeños pueblos de España, a ofrecer las últimas novedades que llegaban a la cartelera. Ella le acompañaba en muchas ocasiones, y cuando falleció, debido a una grave enfermedad, quedó sola, con una pequeña pensión de viudedad que a penas le permitía llegar a fin de mes. Decidió entonces alquilar una de las habitaciones de aquella casa para poder ganar algún dinero que le permitiera vivir sin agobios.
Pronto se convirtió en una segunda madre para mí, y ahora puedo decir que fue una de las personas que más me ayudó en aquellos primeros años en Madrid. Nos hacíamos compañía mutuamente, y cuando llegaba la noche, nos sentábamos en el salón de aquella casa, y ella me contaba historias de su juventud, de cuando iba de viaje con su marido. Era una persona que vivía de recuerdos, y gracias a ellos seguía viviendo el día a día. Amaba el cine porque éste había sido un compañero de viaje inseparable. Le encantaban hablar de historias que habían sido llevadas a la gran pantalla, o de los grandes actores que invadían las carteleras de los cines de la Gran Vía.
En una habitación de aquella casa tenía una estantería repleta de carteles antiguos que anunciaban el último estreno. Cada semana reordenaba con esmero los estantes, colocando con cuidado aquellos papeles en viejas carpetas, y siempre contaba las mismas historias, una por cada papel olvidado, historias que le hacían recordar viajes y sueños.
Los domingos por la mañana solía acompañar a la señora Martín. Me gustaba hacerlo porque el ambiente del barrio me recordaba a mi pueblo cuando salía con mi madre a comprar en los puestos que ponían en la plaza. La calle Santa Isabel era un ir y venir de gente que cargados de bolsas volvían a casa tras su paso por el mercado. Nuestra vista, cada semana, se convertía en un auténtico ritual, visitábamos la panadería de Benito Cifuentes, un hombre de mediana edad, que llevaba años regentando ese puesto en el barrio. Su mal humor era conocido por todos, y a pesar de su trato serio, siempre colocaba una magdalena, o alguna chocolatina extra en las bolsas de sus clientes; era su forma de ser, y la gente siempre volvía.
Luego nos dirigíamos al puesto de verduras del matrimonio Arroyo, una simpática pareja, cuyas edades traspasaban ya la frontera de los sesenta. Según la señora Martín, mantenían la misma frescura y vitalidad desde hacía años, y para cada pedido existía un consejo que ellos transmitían con toda su buena voluntad, así aprendí a pelar cebollas sin derramar ni una sola lágrima, o a dar el punto exacto de cocción a las legumbres.
Normalmente la última parada en nuestro camino era la carnicería de Pascual, amigo de la señora Martín, cuyo trato cordial para con ella, pude saber que había traspasado la alcoba de mi casera. Mi curiosidad por este hombre fue en aumento, pero la señora Martín siempre bajaba la cabeza y me recriminaba mi falta de educación. Nunca llegué a saber hasta que punto ese hombre llego a ser la única distracción de la señora Martín.
servido por milton
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8 Mayo 2006
Conocí a Héctor en mi primera Navidad en Madrid. Recuerdo que era una fría tarde de diciembre. Había salido a pagar una factura de la librería, y al volver a casa me fui paseando por la plaza Mayor.
Madrid se había vestido de luces y felicitaciones, y recibía la Navidad como todas las grandes ciudades suelen hacerlo. Me gustaba mezclarme entre la gente, en aquellos puestos de la plaza que cada año vendían esas figuritas para el Belén de cada familia.
Al final de la plaza, en la esquina de la calle Toledo había un chico que, ganándole al frío, tocaba la guitarra. Su voz apenas llegaba a mis oídos debido a los gritos de la multitud. Me acerqué y estuve unos minutos escuchando, tenía la mirada perdida, y parecía estar muy lejos de ese lugar. Miré hacia la funda de la guitarra que estaba vacía, y decidí echarle unas monedas. Emprendí de nuevo mi camino de vuelta a casa, y oí una voz que me llamaba, me di la vuelta y encontré frente a mí a aquel muchacho de la guitarra. Me miraba sonriente, y en su mano sostenía las monedas que yo antes le había dejado. Fue mi primera conversación con Héctor, no recuerdo exactamente que nos dijimos, pero si se que estuvimos hablando varias horas. Me contó que le gustaba tocar en la calle, podía sentarse horas y horas, él, su guitarra y sus sueños. Buscaba la tranquilidad en aquellas calles llenas de gente, done solo escuchaba su música y llenaba su cabeza de pensamientos.
Héctor vivía en Madrid desde hacía dos años. Sus padres había nacido allí, pero la España de la posguerra los había obligado a emigrar a Francia. Vivieron allí durante muchos años, y fue donde nació Héctor. Hace unos años sus padres volvieron a Madrid, pero ya no era la ciudad donde habían vivido tanto tiempo. Huyeron de allí a un pequeño pueblo de Galicia, lejos de esa ciudad que ya no conocían. Héctor se quedó en Madrid, fue como empezar una nueva vida lejos de sus amigos y de sus padres. Trabajaba dando clases de guitarra a niños pequeños, recuerdo como se le iluminaban los ojos hablando de lo que le gustaba enseñar a esos niños, de su música, que le hacía olvidar la rutina que tanto ata a la gente que vive en las grandes ciudades.
Aquella noche, vimos pasar a miles de personas, la plaza cada vez iba perdiendo ese ruido constante de niños que corrían a buscar a sus padres, y poco a poco los puestos que cubrían la plaza fueron cerrando. Hablamos de música, de sueños y nuestra historia, aunque distinta parecía tener un punto en común que comenzaba justo en ese momento. En aquellos primeros años creció una amistad que se hizo fuerte por las circunstancias de ambos, en aquella gran ciudad que nos abría las puertas a construir muchos recuerdos que ahora llenan mi memoria.
servido por milton
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8 Mayo 2006
El verano que me fui a Madrid, seguía viviendo en casa de mis padres. Ese año mi hermana había empezado a estudiar Medicina en Córdoba, y la casa quedó vacía tras su marcha. Yo ayudaba a mi padre en la ferretería que él tenía, y por las tardes cuidaba de mi madre, que dos años antes había sufrido un accidente que la había dejado inválida en una silla de ruedas. Todavía recuerdo aquellas tardes sentado a su lado en el salón de casa. Pasábamos las horas mirando a través de la ventana la gente que caminaban de un lado a otro. Mi madre me contaba historias de su juventud, de los duros años de la guerra, y como ésta les había cambiado a todos. Cada día que pasaba a su lado, notaba como iba envejeciendo, perdía su sonrisa, aquella que había iluminado su cara durante tanto tiempo apenas si se percibía. Fueron días difíciles, mi padre pasaba muchas horas trabajando, quizás intentando evitar la realidad que lo rodeaba, y cuando llegaba a casa apenas si cruzábamos palabra.
Decidí irme a vivir a Madrid el día que me di cuenta que las cosas habían cambiado. Dicen que la casa donde creces, donde pasas los primeros años de tu vida lo es para siempre. Aquel verano empecé a comprender que había perdido ese lugar. Aunque todo estuviera en el mismo sitio ya no era mi hogar, quedaba en mi recuerdo pero ya no existía. Quizás por eso decidí salir de allí. Buscaba construir poco a poco ese lugar, recuperar ese sitio que ya solo se encontraba en mi memoria.
Un amigo de mi padre tenía una librería en Madrid, y necesitaba a alguien que le ayudara con el negocio. No era mucho lo que ofrecía, pero me agarré a ello fuertemente por la necesidad que sentía de salir de allí. El día que me fui recuerdo como mi madre me miró a los ojos, sonrió y me deseó suerte. Tenía la sensación de no volver a verla, fui cobarde al irme en ese momento pero sabía que debía hacerlo. Dicen que existen en la vida de las personas momentos determinantes que marcan su historia, ahora tengo la seguridad de que mi momento fue aquel, aquella calurosa mañana de verano cuando mi padre me acompañó a la estación cambió mi historia.
Conseguí alojamiento en una vieja casa de la zona de Antón Martín. Era poco lo que podía pagar, y aquella habitación se ajustaba perfectamente a mis necesidades. Recuerdo que aquellas primeras noches me costaba conciliar el sueño, cerraba los ojos, y sólo veía la cara de mi madre, me sentía culpable y más de una vez quise dar marcha atrás y volver a casa de nuevo. Comprendí que tarde o temprano tendría que hacer lo mismo, allí o en cualquier otro lugar.
El trabajo me ocupaba prácticamente todo el día, quise que me absorbiera por completo y pasaba muchas horas en la librería intentando no pensar que pasaría a la mañana siguiente. Trabajaba más horas de las que me correspondían, y cuando Juan Ortega, el librero amigo de mi padre, me daba la tarde libre, muchas veces decidía quedarme con él ayudándole a ordenar colecciones, limpiar estanterías, o cualquier otra tarea que me mantuviera ocupado.
Salía de trabajar casi cuando anochecía, y poco a poco me acostumbré a ver la luz únicamente cuando me levantaba cada mañana. El sitio donde vivía estaba en la parte antigua de la ciudad, me reconfortaba volver después del trabajo y caminar por esas calles que me hacían recordar al pueblo donde había crecido. Había huido de allí pero aunque fuera una contradicción necesitaba tener esos recuerdos cercanos, y aquella habitación en esa vieja casa de Antón Martín me hacían pensar que nada había cambiado.
En mis ratos libres me refugiaba en la lectura, devoraba libros como nunca antes lo había hecho, y descubrí historias que me invitaban a soñar, o despertaban en mí sentimientos que me hacían olvidar la rutina de cada día.
Cerca de donde vivía se alzaba el viejo Cine Doré que proyectaba películas todos los días. Aquellos primeros meses en Madrid iba todos los domingos a la sesión de las cuatro. Recuerdo que sentía vergüenza por ir solo, y siempre llevaba un abrigo para colocarlo en el asiento de al lado y de esa forma disimular mi soledad.
Descubrí entonces lo que es sentirse solo, y no disfrutar de ello. Siempre he pensado que la soledad únicamente se disfruta cuando ésta no es forzada. Aquellos primeros meses en Madrid me sentí solo como nunca antes, aprendí a vivir así, lo hice como a tantas otras personas les ocurre a lo largo de su vida. Pienso que es algo que está escrito desde el principio, el hecho de saber que al margen de todo, nacemos y morimos solos, y con suerte, en ese tiempo que transcurre entre la vida y la muerte, existen pequeños detalles que pueden hacernos felices.
servido por milton
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