Tengo un amigo que ha descubierto un local donde despachan hamburguesas de 30 centímetros de diámetro. Se calza una cada vez que va por allí, y hay que oirle hablar maravillas de esa montaña de grasa.

Me contaba este fin de semana una amiga, que su compañera de piso ha decidido ponerse a dieta, buena decisión dadas sus tremendas dimensiones. Su plan es tomar esos preparados alimenticios en forma de batido, que son sustitutivos de las comidas... en su caso sustitutivo de nada puesto que acompaña el batido con su correspondiente plato, pongamos por ejemplo una pizza. Mal camino.

Yo he descubierto los embutidos de grasa de un supermercado que está al lado de mi casa. Chorizos criollos, morcillas y butifarras. Me pongo melancólico y añoro aquellos tiempos en los que engullía bocadillos de grasa a la luz de una hoguera, o en su defecto, a la luz de la cocina de la casa de mi madre. Siempre fuí un romántico.

Uno de mis compañeros de trabajo es chileno, y vino a España hace dos años. Habla maravillas de este país, y sobre todo de las españolas y el jamón serrano, aunque no tengo muy claro el orden lleva desde que llegó comiéndose un bocadillo de jamón todas las mañanas. El problema es que ha engordado quince kilos desde su llegada, y las españolas comienzan a rechazarle. Tendrá que elegir.

¿Qué nos ocurre entonces?. Somos una lista de achaques para el futuro, acaso no pensamos en él. Una tía mía solía calzarse un par de huevos fritos para cenar, argumentaba que no pasaba nada por hacerlo y que cuando notara que iba a morir, se levantaría de la cama. Parece que no le dió tiempo... esta noche me como un criollo, que estoy triste y encima es lunes.