Últimamente mis posts se debaten entre quejas varias y una dura batalla sindical que no me va a llevar a ningún sitio. Visto así, y teniendo en cuenta que mi tarro de romanticismo se derramó en los primeros posts, tengo licencia para lo que viene a continuación.

Siempre me he quejado de mis compañías en los viajes en tren... abueletes con conversaciones futboleras, mamás (o papás) que quieren compartir la portada del Hola, u otras que prefiero no recordar. Todo mi cariño para ellas, pero yo prefiero un asiento vacío, y después de mi último viaje me reafirmo en esto. A mi lado, se sentó una jovencita que principalmente destacaba por sus exuberantes pechos, y me he prometido no emplear otras palabras.

Durante el viaje, empecé a pensar lo extremadamente dificil que debe ser la existencia de aquellas mujeres que tengan esta cualidad en común, siempre sometidas a miles de inspecciones oculares cada día. Vergüenza sentí cuando el revisor pasó para, en principio, inspeccionar únicamente nuestros billetes. Aquella chica podría perfectamente haberle enseñado cualquier papelajo, puesto que los ojos del revisor estaban centrados en otros menesteres. Otro de los pasajeros comentaba la jugada con su compañero de viaje, y de repente me dí cuenta que miles de ojos estaban pendiente de la jovencita del vagón 23. Yo recurrí a las canciones de Silvio pero fue inútil, intenté concentrarme en los últimos estrenos de cine que anunciaba el Fotogramas, pero todo era en vano.

Afortunadamente llegué pronto a mi destino, sin duda mi compañera de asiento se sintió aliviada, y desde aquí, si por casualidad me estuviera leyendo, quiero disculparme por ese viaje y estas palabras... al fin y al cabo soy buena persona, pero he vaciado mi tarro de romanticismo.