Capitulo XX - Huida
El verano que me fui a Madrid, seguía viviendo en casa de mis padres. Ese año mi hermana había empezado a estudiar Medicina en Córdoba, y la casa quedó vacía tras su marcha. Yo ayudaba a mi padre en la ferretería que él tenía, y por las tardes cuidaba de mi madre, que dos años antes había sufrido un accidente que la había dejado inválida en una silla de ruedas. Todavía recuerdo aquellas tardes sentado a su lado en el salón de casa. Pasábamos las horas mirando a través de la ventana la gente que caminaban de un lado a otro. Mi madre me contaba historias de su juventud, de los duros años de la guerra, y como ésta les había cambiado a todos. Cada día que pasaba a su lado, notaba como iba envejeciendo, perdía su sonrisa, aquella que había iluminado su cara durante tanto tiempo apenas si se percibía. Fueron días difíciles, mi padre pasaba muchas horas trabajando, quizás intentando evitar la realidad que lo rodeaba, y cuando llegaba a casa apenas si cruzábamos palabra.
Decidí irme a vivir a Madrid el día que me di cuenta que las cosas habían cambiado. Dicen que la casa donde creces, donde pasas los primeros años de tu vida lo es para siempre. Aquel verano empecé a comprender que había perdido ese lugar. Aunque todo estuviera en el mismo sitio ya no era mi hogar, quedaba en mi recuerdo pero ya no existía. Quizás por eso decidí salir de allí. Buscaba construir poco a poco ese lugar, recuperar ese sitio que ya solo se encontraba en mi memoria.
Un amigo de mi padre tenía una librería en Madrid, y necesitaba a alguien que le ayudara con el negocio. No era mucho lo que ofrecía, pero me agarré a ello fuertemente por la necesidad que sentía de salir de allí. El día que me fui recuerdo como mi madre me miró a los ojos, sonrió y me deseó suerte. Tenía la sensación de no volver a verla, fui cobarde al irme en ese momento pero sabía que debía hacerlo. Dicen que existen en la vida de las personas momentos determinantes que marcan su historia, ahora tengo la seguridad de que mi momento fue aquel, aquella calurosa mañana de verano cuando mi padre me acompañó a la estación cambió mi historia.
Conseguí alojamiento en una vieja casa de la zona de Antón Martín. Era poco lo que podía pagar, y aquella habitación se ajustaba perfectamente a mis necesidades. Recuerdo que aquellas primeras noches me costaba conciliar el sueño, cerraba los ojos, y sólo veía la cara de mi madre, me sentía culpable y más de una vez quise dar marcha atrás y volver a casa de nuevo. Comprendí que tarde o temprano tendría que hacer lo mismo, allí o en cualquier otro lugar.
El trabajo me ocupaba prácticamente todo el día, quise que me absorbiera por completo y pasaba muchas horas en la librería intentando no pensar que pasaría a la mañana siguiente. Trabajaba más horas de las que me correspondían, y cuando Juan Ortega, el librero amigo de mi padre, me daba la tarde libre, muchas veces decidía quedarme con él ayudándole a ordenar colecciones, limpiar estanterías, o cualquier otra tarea que me mantuviera ocupado.
Salía de trabajar casi cuando anochecía, y poco a poco me acostumbré a ver la luz únicamente cuando me levantaba cada mañana. El sitio donde vivía estaba en la parte antigua de la ciudad, me reconfortaba volver después del trabajo y caminar por esas calles que me hacían recordar al pueblo donde había crecido. Había huido de allí pero aunque fuera una contradicción necesitaba tener esos recuerdos cercanos, y aquella habitación en esa vieja casa de Antón Martín me hacían pensar que nada había cambiado.
En mis ratos libres me refugiaba en la lectura, devoraba libros como nunca antes lo había hecho, y descubrí historias que me invitaban a soñar, o despertaban en mí sentimientos que me hacían olvidar la rutina de cada día.
Cerca de donde vivía se alzaba el viejo Cine Doré que proyectaba películas todos los días. Aquellos primeros meses en Madrid iba todos los domingos a la sesión de las cuatro. Recuerdo que sentía vergüenza por ir solo, y siempre llevaba un abrigo para colocarlo en el asiento de al lado y de esa forma disimular mi soledad.
Descubrí entonces lo que es sentirse solo, y no disfrutar de ello. Siempre he pensado que la soledad únicamente se disfruta cuando ésta no es forzada. Aquellos primeros meses en Madrid me sentí solo como nunca antes, aprendí a vivir así, lo hice como a tantas otras personas les ocurre a lo largo de su vida. Pienso que es algo que está escrito desde el principio, el hecho de saber que al margen de todo, nacemos y morimos solos, y con suerte, en ese tiempo que transcurre entre la vida y la muerte, existen pequeños detalles que pueden hacernos felices.

